Jesús Morales
Este pocitano ungido nace a la vida un 12 de junio de 1931, allá por la calle del Arenal entre 13 y 14, como el segundo de los doce hermanos que conforman su familia.
Concurre a la escuela -hoy Tierra del Fuego- que funcionaba al lado de su casa, hasta completar el tercer grado, con la idea seria, aún pequeño, de ser algo más que un simple obrero rural.
El débil impulso intelectivo inicial será el acicate para dignificar su altura moral y su poder físico.
Correr se le hace primero una necesidad de vida, luego una satisfacción y por complemento un deporte al que ama desde su niñez. El cuerpo le da el vigoroso encanto que le niega la educación para elevarse, entre la obligada ausencia de letras, con vuelo alto y apresurado.
Con sólo 15 años comienza su inigualable sentido de la competencia pedestre, con veinte vueltas alrededor de la plaza local, y llega segundo. Será el inicio de sus más de 1.200 carreras al presente, la última hace unos días en Las Tablas de Ullum, y gana en 10.000 mts.
Jesús es un hombre para la emoción y el asombro. Sostiene una sonrisa que no se despega nunca y aplica a su atlético y envidiable estado físico, a pesar de sus dolores de vida grandes y desventuras que, malamente, le pegan con injusto sino a su bondadosa calidad de dones por naturaleza. Un atleta completo de cuerpo y alma olímpica, a lo griego, sin vicios ni actitudes contrahechas, amante y amado por sus hijos, vecinos y amigos de todas las latitudes que bien caminó, corrió y sintió. Entrena su músculo -aún lo hace- antes y después de su horario laboral, donde no tropezó nunca con el cansancio y la excusa.
Fue campeón argentino y sudamericano en los diez mil metros; subcampeón argentino en los cinco mil; campeón cuyano en ambas distancias. Ganó todo, en cualquier lugar y en matizados climas. Recorrió Chile, Uruguay, Brasil, Puerto Rico, Estados Unidos, Méjico y Japón, y su sala de trofeos es la de un pobre rico con una enorme impaciencia acumulada en copas y copitas, medallas y medallitas, ganadas metro a metro con anhelo y sudor, donde abunda la entrega inclaudicable y la cosecha indócil de los fuertes.
Conoció y fue agasajado por varios presidentes argentinos –Juan D. Perón y Evita, Arturo Frondizi, Arturo U. Illia- y en 1950, Año del Libertador General San Martín, llegó corriendo a la Capital Federal, en homenaje al prócer epónimo, y en una singular ubicación secundaria concesiva por compañerismo, que vale como anécdota y enaltece su condición humana.
Este deportista inesperado, cabal y bueno, jamás adhirió a señalamientos políticos partidarios, y fue siempre un corredor independiente, sin banderías ni tutelas distintivas. Al momento, este carácter no lo enorgullece ni desacomoda su ánimo para hacer del ordenamiento corporal un rito natural y obvio como quien respira. Los demonios no dejaron de tentarlo y el vade retro lo ubicó siempre con ecuanimidad.
En cierta oportunidad, hace muchos años, se inscribió en una competencia, y al momento de largar incursionan ladinamente sobre su ideología política. Cuando dice con sana inocencia no tener ninguna, no lo dejan competir. Era una competencia ideologizada, pero su trote descomprometido desconoce esas lides, pues su visión de raya es incolora y desde el único marco visible. Corre porque le gusta. Esa cándida virtud no ha cambiado; no lo hizo jamás. Sólo altera y adapta posturas en su tranco generoso y acompasado, con superioridad de conciencia.
Jesús -hermoso loco- nunca estuvo enfermo, pero la parca lo cercó varias veces con dramatismo. Su única esposa, dispuesta y amada, falleció joven; sus dos primeros hijos, mellizos, mueren a poco de nacer; en alguno de sus seis hijos y ocho nietos la irreverente discapacidad ocupa un punzante lugar.
Aún soltero, compra primero un lote en la incipiente Villa Cremades y, solo, edifica su nidito; luego busca novia y, como los pájaros del aire, enamorado se casa. Vive feliz como los álamos, no lo habita temblor alguno, y en la infinidad de hojas escritas por sus pies, piernas, rodillas, su seso primario, con letras indelebles imprime un libro de vida ejemplar como un árbol silvestre, que debe ser releído rama por rama hasta el hartazgo para comprender su profunda raíz.
El patroncito Miguel sabe de peones, viñedos y cebollas, y Jesús muy joven y pobre, era ya el mejor, plantando, arrancando, cosechando, guapeando antes de salir el sol con las uvas y los bulbos encarnados y redondos. Y con la sonrisa a cuestas, siempre, en un ambiente rudo y agrio, de frutos destemplados.
Con “yo tengo un sueño”… inició una conversación acordada con el autor este hombre íntegro, que nunca supo de la palabra y la acción del negro Luther King con su discurso intemporal y contundente, al precio de su propia vida frente a tanta intolerancia mundana, vanidad y míseros brillos. El atleta, inconsciente, se encubre en soñador para plagiar a un activo pensador que amó y peleó para hacer posible los policromados sueños ajenos, con la mística de los bienaventurados.
A Jesús no parece dolerle nada, todo lo contrario. Conmueve su sencillez y fortaleza para agradecer a la vida, que corre feliz a su lado en la especialidad de los mil metros hasta el infinito.
El premio, un vaso de agua y un beso para la calistenia del alma corredora de seis décadas apenas.
En 1985, el gobierno municipal de entonces, decide colocarle su nombre al complejo deportivo que existe en Furque y Picón de la Villa. Quien allí lea las letras empalidecidas, ha de imaginarlas de oro y plata. Valor al reconocimiento por el mérito y el satisfactorio simbolismo, aunque otra indeleble representación y muestra cabe a su persona en el concierto pocitano… Este último 14 de septiembre su pequeña vecindad de pobres lo homenajeó al cumplir sesenta años de trote y trote.
Para él, los versos flacos.
Hay un hombre veloz…Es una fuente
pobre y brillante y una mano
de calor ya legendaria…Es un hermano
paso a paso; vive ahí enfrente.
Elegido Jesús, corre!…
que la vida duele y crucifica
en tu bondadosa existencia
el arte de correr y una sonrisa.
Un hijo y otro y cuántos!
Corre Jesús por los hijos,
por las verticales de álamos,
por las calles sin relojes…
Cúbrete de meridianos
con las nubes y los pájaros.
Vuela Jesús y escribe
por los surcos del viento
tu larga caligrafía
de sueños por acervo.
Busca tu reino y en la cima
registra la aventura
de tus músculos prestos,
moreno cazador de llegadas
en cualquier parte,
sorprendido en el tiempo…
Te acompaña el cansancio
como ayer para comer,
como hoy para seguir
en la vendimia de premios,
y tu sombra que anulas por alegre
descalzo y en silencio.
Ñandú vertido en hombre
de cuero abetunado,
con los huesos de lana
y en distancias viejo…
…¡Jesús, hermoso loco!
Corre, corre que ya sale
el sol por tu corazón
y la mora del moral por tus morales.
Jesús Patrocinio Morales Riveros es el mismo del Arenal, morocho a la fuerza, dientes al viento, piernas con fiebre, coraje modelado en frío, caudal tierno en un corazón extravagante; allí reside la hoguera donde se fraguan los objetivos de los grandes hombres de vértigo fascinante y vallas imperceptibles.
Para que su ejemplo de vida y su trote señorial perdure, en Pocito y con laureles, debe ser usado, mostrado, exprimido y recompensado, como maestro heroico y adalid de la juventud tan necesitada de transparencias humanas filosóficas y rotundas, aquí no más, para que su rico vivir proyecte una enseñanza, que redunde en el bienestar social de la región y el futuro decisivo del limitado mundo aldeano.
JUAN DE LA TORRE
Hijo de Sebastián de la Torre y Ascención Manta Guadix, españoles de Moclín, Granada, nació don Juan Lorenzo de la Torre Manta en la calle Nueva o Castro Padín de Carpintería, el 28 de marzo de 1910.
El ambiente geográfico fue hostil y poco generoso con el esfuerzo paterno para superar la condición de vida familiar con seis pequeños hijos. El salitre y la espinilla blanca eran los huéspedes comunes de su entorno, que el sacrificio conmueve y genera un atisbo de progreso que posibilita adquirir una propiedad cercana -cementerio al sur-, labrada con dedicación y tesón inclaudicable para rendir un fruto presuntuoso y breve.
Juan de la Torre es un labriego más de patas sucias hecho a la azada, el arado y el riego extendido.
Asiste a la educación primaria en la escuela nacional Nº 40 -ahora Maestro Argentino- hasta cuarto grado, y concluía allí el distinguido mérito que esa modestísima escuela le ofrecía.
No realiza estudios de otro nivel, por carecer de medios económicos y variables que permitieran su continuidad en otro centro instructivo. A pesar de eso, y estimulado por la buena formación humanista de sus padres, lee, escucha, y atesora con el tiempo una cultura casi erudita y universal, con razón y entendimiento. Fueron sus hermanos, Antonio, el poeta, María, Sebastián, Alfonso, Dolores y Plácido, que murió muy joven.
En 1932 se traslada con su familia a la ciudad de San Juan donde, sin perder los vínculos con su Pocito natal al cual retorna asiduamente, se inicia en el comercio al tiempo que amplía su horizonte de hombre autodidacta por convicción, atento al buen decir, por herencia hispana y amor al suelo que bien pintará su sensitiva pluma y su inteligencia de bueno, con altura lírica y galana personalidad.
Trabaja en lugares disímiles, y es así tesorero en la Policía de San Juan, bibliotecario en la Escuela Boero, administrativo en Obras Públicas y el Consejo de Reconstrucción sucesivamente, Comisionado Municipal en Calingasta y en Rawson, Subsecretario de Cultura de la Provincia, Secretario de Cultura del Centro de Empleados de Comercio, formando parte de asociaciones culturales varias, siempre en forma activa y continua.
Funda la revista literario-cultural “Terruño”, de vida breve. Es un sugestivo contador de cuentos, y cuentista a su vez en El puestero, La aguada de Talacasto, La lágrima del cobre, El cerro del indio, La ñipa, La arcilla del drama, Sangre en la tierra, La flor del cacto, La novia del diablo, entre tantos.
Escribe para diversos diarios: La Capital de Rosario, La Prensa de Buenos Aires, Tribuna y Diario de Cuyo de San Juan, que publican sus poesías, narraciones, leyendas, con relativa continuidad dado su carácter recluido, poco amante de la tertulia y la expresión en los medios usuales de pregón, y con escasa advertencia en los cenáculos literarios.
Publica diversos libros, entre los que destacan: “Cuentos del Valle y la Montaña”, con narraciones de ancestro y región; “Corazón de los Pájaros”, que son cuentos esperanzados a la niñez con ternura y filial encanto; “El Horizonte y el Hombre”, que es su primer libro de bellas poesías inspiradas en la tierra y el fruto, los cerros y sus misterios oníricos; “Donde Nacen los Ríos” con el sentimiento puesto en la cordillera, su errabunda historia indígena y el cielo infinito que canta para él; “Trazos en la Arena”, con recuerdos entrañables de su niñez y el rescoldo familiar; “La Difunta Correa”, libro de investigación folclórica y tradición oral no resuelta; “Cántaro de Coplas” de vuelo en plenitud con sembrados y acequias, zondas y emociones.
…Para los males del alma, /consejo de sanjuanino,
buscarse en una tonada, /sentir la tierra en el vino.



Simòn: Gracias por tu humanidad en las letras. Tomè tus escritos puestos en internet, puse un fragmento citando obviamente la fuente para que los lectores de diariodelrey compartan tu visiòn respecto a Jesùs Morales.
Espero no lo tome a mal. Gracias