La vida como la historia se la vive mirando para adelante pero se la comprende oteando hacia atrás. Surge así una expresión sociológica con sensibilidad recopiladora de añosa oralidad, con matices emotivos y veraces amparados en dilemas y variables, en la sustancia cultural de época y actores que nutren al paisaje vivencial y sacuden su menuda interpretación.
La perspectiva de esta elemental acuarela pocitana, más allá de sus dificultades intrínsecas, no responde en modo alguno a intereses subjetivos de orden intelectivo, arrogado o sugerente, y su médula sólo conviene en desentrañar el máximo de claridad superior inmanente con responsable genio o bien estimular el pincel ajeno para hacer camino ilustrado, crítico y honroso sin exclusiones rubricables, y es ansia para un lugar sincero desde el presente al juicioso curso de la inteligencia memoriosa y útil, donde habita el vínculo del pasado con el futuro.
El texto no comprende loas incipientes ni condenas preconceptuosas pues abre el discurso con transparente disposición para otra escena de meditación atemperada, con argumentos frontales y extensivos, en donde la vida se consustancia con el fenómeno histórico paso a paso hasta encallecer la idea de que pronto el hoy será ayer, momento sustancial que altera y corroe células, educa organismos y sistemas, hasta sedimentar una idea y otra para conformar un destino o lento dispersarlo con el matiz inequívoco de la nada absoluta. Como toda creación humana un libro no deja de ser un reflejo del alma de quien lo escribe -y un juicio del lector-, y ello es quizás inevitable, pero esta lección rehúye hermosear una experiencia para oscurecer el anchuroso ideal que la origina.

El análisis conceptual no se sustrae de la crítica, como del suelo el hombre, y en un pocito ambos se confunden para generar formas y conductas con los mismos elementos. Pensar y pintar la fuente del orden vital para su descripción requiere distancia y soledad, acercamiento y compromiso, disposición y anhelo que no desvíe el cauce primario de la conciencia y el mejor propósito donde amontonar y combinar susurros de uso diario, manteniendo una fidelidad perceptiva de vida inicial, de fundada concesión a la persona que comulgue con la oferta de su propia estética, su propio ver y sentir, inscriba o estimule una enseñanza, hasta el otro día, cuando tal vez todo aclare o ennegrezca para el ser social nuevo, diferente, inexorable… En el curso, torrentes de verdades.
La memoria, ese rayo que no cesa del poeta alicantino, suele ser insoportable, dolorosa, y junto a la palabra escrita produce encanto y miedo, por el camino recorrido o el ignoto por recorrer. Después de todo la historia no es lo sucedido sino lo que alguien escribió que así sucedió y que otro lee y cree. Este pensamiento, de cualquier modo, no es la historia, pero la ensancha con voces ciertas y predispuestas. Toda escritura histórica representa una ideología que lucha e ilumina, y es harto profético que se repite -farsa y tragedia- hasta donde es improbable distinguir los límites versátiles de la escena reiterada y por allí dispersos.

El espíritu es abonar, en síntesis, un hombre integral reubicado en una tierra distinta, mejor.
La que escribe en forma recurrente para quienes sepan leerla, luego describirla, hasta encontrar su propia voz entre el barro, la altura, la rima coincidente, en el sueño de otro hijo. Este libro, sólo letras y alguna idea, no atiende justificación ni cambio alguno. La raíz y el destino no han de tenerlo en cuenta. Frente a la obra que exhibe la historia de la memoria larga, una respuesta pálida y onerosa, de suyo pensable, ha de ser la amnesia y el silencio… Y así saber cuánto cerco y exposición es posible soportar…
El carácter particular de aceptación, la neutralidad, el rechazo al texto, quien describe y expone lo concibe producto de la reflexión y el diálogo, discernimiento y confrontación, con el cedazo de la inteligencia como reclamo y juicio, siempre con la mirada alta y el testimonio al viento para sembrar criterios, razones, formas, esencias.
La esperanza y el olvido pueden ser tan destructivos como el amor y el odio, dice el filósofo, así como los hechos y las fechas son el esqueleto de la historia; las costumbres, las ideas y los intereses: su carne y su vida.
La manifestación del sentimiento regional pocitano, vívido como su riqueza, su creencia, el despertar, el ajetreo, se prenda de la página como el humedal a la raíz, y aviva el ánimo para explicar y comprender los asertos, cruza luego el patio expuesto a otras puertas del pensamiento objetor hasta desnudar su singular entramado social, sus ángulos pobres, el color y el frío del espacio rústico, tan vacío y posible, como un bordito de flores latientes y una melga sin regar.
En una mano la semilla y en la otra el agua, para tranquear la buena tierra que seduce y espera.

